Autor: Julio Cáceres Rondón
Hablar de los atentados del 11 de septiembre (11S) del año 2001 es hacer referencia a profundas trasformaciones en el ideario occidental. De igual forma, las dinámicas geopolíticas de los Estados han cambiado drásticamente. Así comienza el nuevo milenio. El siglo XXI experimenta sus inicios heredando la crisis del sistema capitalista y el cuestionamiento de las ideologías de finales del siglo XX.
La
caída de “telón de acero” y la consolidación de la hegemonía norteamericana
en las relaciones internacionales, sirvieron de preámbulo a un nuevo orden
mundial. Este contexto tendría su epicentro mediático, en la considerada por
muchos, la capital financiera mundial.
Los
elementos semióticos no podrían faltar en esta diatriba
histórica. En vivo y directo el mundo observó, cual película hollywoodense,
cómo fue “vulnerada” la gran potencia hegemónica en su propio
territorio. Asimismo, millones de personas atestiguaron desde sus hogares la
destrucción de los símbolos centrales del capitalismo norteamericano, así como
del poder político, económico y militar.
EL
mensaje era claro, el World Trade Center, el centro mundial del comercio es
destruido como el símbolo de la globalización. Asimismo, la
hegemonía militar de los Estados Unidos se vio comprometida. Dichos atentados
motivaron cuestionamiento a la seguridad de los ciudadanos e incluso de sus
propias fuerzas armadas. Todo ello, aunado a la transformación del modo de vida
norteamericano, el cual nunca volvió a ser el mismo.
De
igual forma, se exacerba la xenofobia. El negro, el árabe, el
latino, el diferente se convierte en sospechoso. Cierran las fronteras
procurando que el imaginario colectivo asimile la idea que la maldad y la
amenaza provienen del extranjero.
Resulta
evidente que toda sociedad puede ser considerada un sistema de
interpretación del mundo. Sí son atacados sus símbolos, esa misma sociedad se
sentirá amenazada en su totalidad, cuestionando su propia identidad.
Habiendo
transcurridos 19 años de los fatídicos atentados, aún sigue siendo un tema
cubierto por el velo del misterio y un profundo desconocimiento. Todo ello
debido a las matrices mediáticas impuestas por los grandes medios de
comunicación occidentales.
En
este sentido, para comprender el contexto del 11S, es menester
iniciar un proceso de deconstrucción de los paradigmas
modernos. También es necesario un análisis sobre los efectos globales que ha
tenido en la seguridad, defensa, política exterior, soberanía, medios de
comunicación, las leyes y las relaciones societales.
El concepto mayormente
abordado al momento de analizar los acontecimientos y las consecuencias del
11S, es el globalmente conocido como “Terrorismo”, siendo este
una falacia argumentativa utilizada en la actualidad. Suele ser usada por
diferentes Estados para legitimar acciones que potencialmente violenten
la “Carta de Naciones Unidas” y la autodeterminación de los
países.
El
terrorismo comienza a fungir como el nuevo enemigo, ya no es una
nación o la amenaza nuclear de la guerra fría. La insipiente excusa de la lucha
contra el narcotráfico en Latinoamérica para hacer valer la “Doctrina
Monroe” no tuvo el impacto mundial deseado. Era necesario un enemigo,
lo suficientemente abstracto para que cualquier persona perteneciente a alguna
minoría étnica pudiera ser objeto de señalamientos.
Bajo
el contexto de un “estado de sospecha” nace el fenómeno
del terrorismo como problema mundialmente reconocido por las
potencias económicas. Todo ello ante el temor de tener al enemigo dentro de sus
propias fronteras.
Si
bien es cierto que estos cambios paradigmáticos se originan en los Estados
Unidos, no tomó mucho tiempo para ser exportados y aprovechados
conscientemente por otros Estados para avanzar en sus agendas políticas, todo
ello por medio del concepto de “Seguridad de Estado” o “Seguridad
Nacional”.
El
concepto de Seguridad Nacional moderno se ha basado en el modelo “Homeland
Security”, el cual parte de la necesidad de mantener a la sociedad
monitoreada hasta los linderos más profundos de su cotidianidad, fungiendo cual
sistema totalitarista al mejor estilo de “1984”, famosa novela
distópica de Georges Owel.
En
base a esta doctrina de vigilancia, se han modificado diferentes
marcos jurídicos haciendo que los Estado incrementen su dependencia en la
tecnología para el espionaje masivo de sus ciudadanos y de aquellos elementos
que atenten contra el “establishment” impuesto.
Como
consecuencia, se crea la “Ley Patriota”, la cual otorgó amplios
poderes al gobierno norteamericano bajo la sección 215 que le permite por medio
de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA) recolectar metadatos
telefónicos de millones de estadounidenses.
La
ley fue criticada duramente por organizaciones de derechos
humanos por ser considerada una restricción de libertades y garantías
constitucionales tanto de los estadounidenses como de los extranjeros.
Se
pretende que dichas medidas ayuden a “prevenir” futuros
ataques terroristas, pero muchas de ellas están provocando alarmantes pérdidas de
libertad, privacidad y confianza. Dichas medidas de vigilancia localistas,
aunado al factor “miedo” estimulado por la maquinaria
mediática del nuevo “policía del mundo”, dieron pie para
emprender una cruenta cruzada global “antiterrorista”.
Es
en este punto donde las piezas comienzas a engranar. Los grandes conflictos del
siglo pasado, han necesitado de un catalizador, una chispa que
comenzara la ignición del fuego de la guerra, un “casus belli”. Para
ello, se construyeron escenarios que justificaran una confrontación de carácter
bélico legitimada por la comunidad internacional.
La
historia nos proporciona diversos ejemplos de conflictos creados artificialmente bajo
el formato de “operaciones de bandera Falsa”, aquellas acciones
encubiertas de carácter desestabilizador llevadas a cabo por una nación u
organización con el objetivo de simular que dichas acciones son realizadas por
otras entidades.
Son
diversas las experiencias en este sentido, entre las cuales se
encuentran: el hundimiento del USS Maine (1898), el incidente de Mukden (
1931), el incendio del Reichstag (1933) el incidente Gleiwitz (1939), la
Masacre de Katyn (1940), el atentado al Hotel Rey David (1946), el Asunto Lavon
(1954), la Operación Gladio (1958), la Operación Northwoods (1962), la
Operación Mangosta (1963), el Incidente del Golfo de Tonkìn (1964), la
Operación Plan Z Chile (1973), los Atentados de Bali (2002), entre otros.
Las
operaciones de falsa bandera utilizadas como pretexto para
iniciar una guerra han sido muy habituales a lo largo de la historia. En la
actualidad el 11S ha fungido una como herramienta de intervención en favor de
las invasiones en Irak, Afganistán, Libia y Siria.
Tales
intervenciones, sólo lograron incrementar las acciones
terroristas, permitiendo surgimiento de nuevos grupos radicales como el Estado
Islámico. En este sentido Washington, lejos de eliminar la amenaza terrorista,
lo que ha hecho ha sido provocar su auge a casi 20 años de la caída de las
torres gemelas.
El
costo en vidas humanas de la “lucha contra el terrorismo” ha
sido inmenso. Alrededor de 1 millón de muertos en Irak, 220.000 en Afganistán,
80.000 en Pakistán. Se estima que la cifra de bajas relacionadas de manera
directa e indirecta con la guerra contra el terrorismo podría ascender a 2
millones.
A
esto se suman los 12 millones de desplazados por la guerra
civil en Siria, transformada en un escenario para diversos conflictos: Arabia
Saudita-Irán, Turquía- kurdos y en última instancia, Estados Unidos-Rusia.
En
el pasado fueron las armas nucleares, luego el narcotráfico, posteriormente el
terrorismo entró en escena como factor el generador de agenda mundial. Ahora
estamos ante un contexto de pandemia debido a la amenaza del Covid-19.
Aparentemente,
en cada contexto histórico hay un hegemón dispuesto a utilizar el miedo como
arma de dominación política y social, el cual anida en la mente, quebranta la
resistencia, genera pánico y paraliza la disidencia.
Este artículo fuepublicado en elestado.net el 15 de septiembre de 2020

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